Setenta años de la rebelión húngara: memoria y consecuencias de 1956
A 70 años de la revuelta húngara de 1956, se conmemoran las fechas clave, las decisiones que desencadenaron la intervención soviética y el derrocamiento de Nagy, así como su huella en la Guerra Fría.
Entre la posguerra y la consolidación de un bloque este-oeste, la Unión Soviética puso en marcha un sistema de gobiernos títeres en Europa del Este. En Hungría, Mátyas Rakosi impuso la sovietización con partido único, purgas y estatismo. Tras la muerte de Stalin en 1953, Rakosi fue desplazado y sustituido por Imre Nagy, quien buscó una apertura limitada sin tocar las bases del régimen. El conjunto de la dirección comunista húngaro vivía bajo la sombra de Moscú, mientras crecía entre la población el deseo de reformas moderadas.
El 23 de octubre de 1956 miles de estudiantes y luego gran parte de la población se movilizaron hacia el Parlamento de Budapest para exigir la retirada de las tropas soviéticas y la salida de Hungría del Pacto de Varsovia. Entre las demandas también figuraban elecciones libres y libertad de prensa. Esa misma noche, el jefe del aparato represivo, Erno Gero, denunció a los manifestantes y ordenó la represión, desatando una oleada de protestas que se extendió por todo el país.
Dos días después, grupos rebeldes tomaron la Radio Estatal para difundir sus demandas y la policía secreta abrió fuego, aunque muchos soldados se negaron a disparar, se quitaron las estrellas rojas de sus uniformes y se sumaron a la protesta. En la Plaza Kossuth, decenas de manifestantes fueron asesinados por disparos desde azoteas. A partir de esas escenas, Nagy —quien asumió el liderazgo del Estado— impulsó la formación de milicias para enfrentar a las tropas soviéticas y buscó encaminar la rebelión hacia un cambio sustancial del sistema.
El 1° de noviembre Nagy anunció la retirada de Hungría del Pacto de Varsovia y solicitó a las Naciones Unidas que reconocieran a Hungría como país neutral. El día siguiente, el Presídium soviético dio un giro: la Revolución húngara amenazaba el socialismo en todo el bloque y las tropas rusas empezaron a avanzar sobre Budapest. El embajador Yuri Andropov fue clave para cambiar esa postura: movilizaron 30 mil soldados y un millar de tanques hacia la capital húngara y la resistencia fue finalmente sofocada.
Tras el avance soviético, Nagy fue derrocado y, semanas después, su gobierno recibió un ultimátum de la ocupación. En 1958 Nagy fue fusilado junto a Pál Maléter y Miklós Gimes; sus cuerpos quedaron enterrados en tumbas sin nombre en las afueras de Budapest. La represión provocó el exilio de casi 200 mil personas, mientras unas 22 mil terminaron en prisión y 330 fueron ejecutadas. Entre los exiliados estuvieron figuras como Sándor Marai, György Ligeti y el cardenal Mindszenty, que se dirigieron a Estados Unidos y otros países, incluso a la Argentina.
En Occidente, la brutalidad del levantamiento cambió miradas sobre el socialismo y la presencia soviética en Europa. El historiador Eric Hobsbawn justificó la represión en su momento, pero reconoció que el episodio conmovió a la izquierda. También se habló de eurocomunismo, que años más tarde se convertiría en una clave de lectura para la crítica a Moscú. En la década siguiente, Yuri Andropov ascendió en la KGB; su trayectoria y la toma de poder en la Unión Soviética se enmarcaron en un proceso que desembocaría en la caída del Muro de Berlín en 1989 y, finalmente, en el colapso de la URSS dos años después. En el imaginario político, quedó grabada la imagen de la bandera húngara con el agujero en el centro como emblema de esa ruptura.